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martes, 19 de mayo de 2015

Cuando no queremos ver el Bullying


Hace un tiempo, tuve un chico de 13 años en consulta porque sus padres querían que trabajáramos su autoestima, ya que había chicos de su clase que se metían con él y lo marginaban debido a que este niño tenía un carácter serio.
Al preguntar a los profesores por esta situación, éstos se mostraban tranquilos, eran conscientes de que existía un trato "regular" de un grupo de niños a unos cuantos alumnos, pero explicaban que era más como lo sentía mi paciente que lo que era en realidad.
Otros compañeros en esta situación habían optado por cambiarse de colegio, pero este niño no quería, ya que decía que él no había hecho nada malo para tener que irse. Tras la oportuna valoración, me dí cuenta que este chico estaba sufriendo muchísimo con esta situación.
Yo no sé el grado de acoso que estaba recibiendo, pero sí que lo mucho o lo poco que fuera, para él era suficiente como para pasarlo muy mal. 
Si miramos objetivamente, había otros compañeros que se habían ido, por lo que no creo que fuera algo pasajero y con poca intensidad.
Con todo esto quiero decir que muchas veces aceptamos muy ligeramente los comportamientos de los niños porque no nos están afectando directamente y no somos capaces de darnos cuenta hasta qué punto una actitud o unas palabras pueden dañar a otra persona
Se trata simplemente de sentir empatía, ponerse en el lugar del otro y "querer ver" que se pueden mejorar determinadas situaciones y no cerrar los ojos para "no ver".
No  hace falta que sea maltrato físico ni incluso, maltrato psicológico evidente, es cómo está viviendo esa situación esa persona en concreto, y creédme, este niño, aún siendo tímido, educado, serio e inteligente, no sabía cómo gestionar sus emociones ante esta situación tan desagradable y no estaba siendo comprendido por los adultos que lo rodeaban.
Sonia Esquinas Jurado. Psicóloga. 

lunes, 11 de mayo de 2015

No todos los pacientes son iguales

Hoy quiero contaros una historia que me ocurrió ayer. 
Estos días, debo acompañar a un enfermo ingresado en el hospital. Sabéis que en la sanidad pública hay tres pacientes por habitación, pues bien, uno de ellos a parte de tener una patología orgánica de la cual ya estaba recuperado, padecía agorafobia
Este hombre, necesitaba sentirse acompañado por alguno de sus familiares durante las 24 horas debido a ese trastorno, no podía usar el ascensor y el simple hecho de salir al pasillo de su habitación hacía que sintiera mareos.
Ha permanecido en el hospital en estas circunstancias durante unos quince días pero no le suponía un problema, ya que sus familiares siempre estaban ahí con él y no salía de la habitación. Pero ayer llegó el médico para darle el alta. Superada su dolencia física, debía  volver a casa. Según protocolo, supongo, llegó un médico y le leyó una serie de recomendaciones que debía seguir e hizo que el paciente se las repitiera, terminado el proceso con una gran cantidad de sudor en la frente del hombre, el médico se marchó e inmediatamente el hombre se desplomó sobre su cama muy mareado.
Volvió el médico y le tomaron la tensión, le hicieron un electro, todo normal, confirmado, podía irse a casa, de nuevo mareo y tumbado en su cama. Su pareja, le advertía al médico que era agorafóbico, que con un ansiolítico podía superar esa crisis que le suponía salir al pasillo, bajar unas escaleras y salir a la calle, pero no le hicieron caso. Después de varios intentos, de salir al pasillo y volverse, de llegar a las escaleras y volverse, su hijo le trajo una silla de ruedas (ahora debía bajarse por el ascensor), y se fue.
Como observadora de la situación y sin decir mi profesión, le recomendé que cerrara los ojos mientra iba en la silla de ruedas y bajara la cabeza...y se dejara llevar. No sé si lo hizo o no, pero no volvieron.
Con todo esto quiero decir que los médicos son profesionales de la salud y que lo suelen hacer bien, de hecho, este en concreto actuó correctamente, según la patología que había tenido este hombre, pero se le pasó una circunstancia, a éste y a la mayoría, que no hay enfermedades sino enfermos. Que aún habiendo superado una patología orgánica y dado el alta como hará cada día de su vida, no se va a encontrar a dos personas iguales, que cada uno tenemos unas características personales y que se tarda lo mismo en dar un alta individual, teniendo en cuenta la idiosincracia de cada uno, que la misma a todos por igual. 
Los enfermos tienen nombre y apellidos porque cada uno se diferencia del resto. No son vesícula 2340 ni cerárea 5432.
Es sólo cuestión de tacto, de cariño, de querer hacer las cosas bien y no querer terminar al minuto, de disfrutar con tu trabajo y de sentirte satisfecho con él. 
Es mi humilde opinión.

Sonia Esquinas Jurado. Psicóloga.

jueves, 19 de febrero de 2015

Prescripción mínima en crisis de ansiedad


Actuación ejemplar, moderna, y valiente de un médico de urgencias del Hospital Virgen Macarena.
Llegó una señora a urgencias con evidentes síntomas de una crisis de ansiedad: esa mezcla de miedo y sufrimiento, de difícil descripción y de suma intensidad, con síntomas somáticos, con sensación de muerte inminente o algo parecido como volverse loco o realizar actos contrarios a la voluntad.  Como los síntomas somáticos son muchos, refuerzan la creencia de la precaria situación vital en la que uno se encuentra y habitualmente el paciente se muestra “ciego” a reconocer la naturaleza emocional de la crisis.  
El médico realizó pausadamente el protocolo para descartar cualquier problema médico mientras que la” ceguera” cedía y la persona le comunicó que ella creía que se debía a que estaba en proceso de separación. El médico continuó descartando patología cardiaca y al terminar le administró una ansiolisis y la dejó descansar un par de horas. 
Pasadas las dos horas y cuando la paciente ya no se sentía al borde del precipicio, el doctor le dijo:
“Ahora hay dos caminos, uno: ir al médico de cabecera que le recete un tratamiento que le quitará sus síntomas,  y otro: aprender a manejarse con la ansiedad, pero piense si alguien merece la pena que usted se tome un tratamiento de por vida”.
La persona se quedó con los ojos muy abiertos, y desde luego ha utilizado el consejo sobre su sufrimiento de forma responsable buscando apoyos, soluciones, caminos, consejos, terapias, silencios… para mejorar. Nunca más tuvo ataque de ansiedad. Y ha aprendido mucho sobre sí misma y sobre la vida.
“Sufrir ofrece la mejor protección para la supervivencia puesto que aumenta la probabilidad de que los individuos hagan caso de las señales de dolor y actúen para evitar su origen o corregir sus consecuencias” (A. Damasio1995) 
Claro que si el sufrimiento lo anestesiamos debajo de miles de pastillas – 15.5% de la población española consume ansiolíticos- no sirve para lo que millones de años de evolución lo han preparado.
Gracias a médicos como este, que creen en las posibilidades internas de curación de las personas, y tiene paciencia para hacer una prescripción mínima pero sumamente eficaz, los trastornos de ansiedad empezaran a no cronificarse.

Miryam Soler. Psicóloga Clínica.

lunes, 16 de febrero de 2015

Percutir


Hace muchos años, asistiendo a un curso de formación, oí a un célebre abogado un comentario que, dada mi profesión, no he podido olvidar: hablaba en relación a una histórica sentencia del Tribunal Supremo -de esas que marcan un antes y un después y vienen citadas en todos los libros- y nos decía que lo importante no era la Sentencia en sí, sino cuántos abogados se chocaron antes durante años contra los Tribunales pidiendo (en apariencia) inútilmente lo que luego nuestro Alto Tribunal estableció como regla a aplicar en lo sucesivo.

Recientemente he tenido la suerte de experimentar, a nivel micro, esa sensación, pues he tenido uno de esos casos que te recuerdan que la función de abogado tiene su sentido dentro del sistema judicial, y es la de percutir hasta que te dan la razón, lo que produce enorme satisfacción cuando la tienes (e incredulidad cuando no).

El caso tiene todos los componentes deseables: un menor con antecedentes por diversos delitos, incluso violentos, y una acusación por robo inverosímil: sus huellas aparecían en el WC de la casa de un amigo y la madre de éste amigo decía que le habían sustraído unas joyas; pero que las puertas estaban intactas, lo que quiere decir que accedieron por un sitio que no era la puerta de entrada.

El problema es que para acceder a la ventana del WC tenía que trepar, sin puntos de apoyo, hasta un nicho situado a una altura que doblaba la del chaval y, una vez allí, introducirse por una ventana con las dimensiones de un folio DIN A4, algo sólo al alcance de los mejores contorsionistas. También tenía que salir por el mismo sitio, y todo ello sin dejar mácula alguna en una pared de cal, como las que todos vosotros conocéis abundan en Sevilla.

Para colmo, cuando se reclaman mis servicios ya era la fase justo anterior al juicio, por lo que nada pude hacer durante la investigación para intentar hacer ver que lo que se pretendía era imposible, o por lo menos sólo al alcance de los artistas del circo del sol.

En esas condiciones, confeccioné un vídeo por mis propios medios, y conseguí que se reprodujese durante el juicio pero, como lo que os cuento fue una lucha contra los elementos, como era de esperar mis argumentos no convencieron ni al Fiscal -para que retirase la acusación- ni al Juez -para que lo absolviese-. Hay que reconocer que se rizó el rizo cuando el perito lofoscópico declaró en el juicio que la disposición de las huellas encontradas era la propia de haber entrado por la ventana (este dato no se sabía con anterioridad).

Pero lo que verdaderamente sirvió para ganar el recurso fue la falta de explicación de cómo era posible esa escalada tan prodigiosa. Los agentes de policía que declararon en el juicio manifestaron que lo consideraban “posible”, pero ninguno de ellos fue capaz de explicar cómo físicamente se produjo el acceso, algo que se me antojaba esencial para poder condenar a mi cliente: primero hay que cerciorarse de que algo (aquello de lo que acusan, en este caso el modo de hacerlo) es posible, y luego ver quién lo ha hecho.

Lo que creo que ocurrió es que la existencia de las huellas en el WC, debajo de una ventana, y en disposición distinta a cómo estarían de haber utilizado el wc para su destino natural (esto es, como urinario y no como escalón de acceso a la vivienda) distrajo del verdadero problema: si los otros accesos imaginables eran posibles y no tenían explicación cabal que no rozase lo prodigioso.

Y precisamente esta falta de explicación de la forma en que el acceso se produce, la falta de una explicación lógica a algo que, por lo demás, a todos nos podría parecer normal (que un pequeño delincuente cometa otra infracción más), es lo que sirvió, gracias a que a la familia del menor le pareció  bien percutir, pidiendo explicaciones de cómo fue que el niño lo hizo, lo que me ha refrescado que la función del abogado es, cuando no te dan la razón a la primera, insistir, seguir percutiendo, porque sólo intentándolo es posible que te den lo que es tuyo, en este caso la razón.

(P.D.: evidentemente accedieron con llave, lo que no sabemos es quién.)

Javier Bernalte. Abogado

miércoles, 11 de febrero de 2015

"No hace nada pero me ayuda mucho"


El sábado pasado fuimos en pareja a ver la comedia francesa “Dios mío, ¿Pero que te hemos hecho?” y a parte de pasar un buen rato de risa y evasión, me encantó la visión que daban del psicólogo-psicoterapeuta al que acude la protagonista en un momento de depresión. 
El profesional en cuestión, a todas las demandas que la señora planteaba, hacía solo dos cosas: o decía “ejem”, mostrando señales de oidor y de aceptación de lo que se hablaba, o  le devolvía la pregunta
Ese aparente no hacer nada, pero que esta señora verbaliza como que claramente le está sirviendo mucho esconde una actitud:
1.-  Muy sabia, solo un sabio sabe que las personas son las únicas autoras de su vida. Y que son las únicas capaces de encontrar la manera de salir de donde se han metido.
2.- Muy rara en estos días que corren, donde lo fácil es encontrar ristras de consejos, mejor si son de 10 en 10.
3.- Muy difícil, ya que hoy se valora más la acción, lo “proactivo”, responder a las expectativa, actuaciones según un protocolo empíricamente validado.
Y sin embargo esta señora decía, “habla poco, no hace nada, pero me está ayudando mucho “… y yo en mi butaca pensaba, tras más de veinte años de experiencia en esto de la salud mental, ¡Cuanto trabajo me está costando aprender a hacer NADA! , ¡Cuánto he tenido y tengo que estudiar para aprender a callar!

Miryam Soler. Psicóloga Clínica.